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“Hay que apoyar a las familias en todos los aspectos”: una perspectiva desde el sector privado

Entrevista con Dora Isabel Ochoa Aguilar

Dora Isabel Ochoa Aguilar es la gerente de Recursos Humanos de Agrícola BelHer1, una compañía agrícola que se dedica a la producción de tomates en el Estado mexicano de Sinaloa. En esta entrevista, nos habla sobre los esfuerzos realizados por la empresa durante los últimos veinte años para mejorar las condiciones de vida de los jornaleros agrícolas migrantes a los que emplea.

 

Guardería habilitada en los albergues de la empresa Agrícola BelHer destinada a los hijos más pequeños de los trabajadores migrantes temporeros. Foto • Cortesía de Agrícola BelHer

Guardería habilitada en los albergues de la empresa Agrícola BelHer destinada a los hijos más pequeños de los trabajadores migrantes temporeros. Foto • Cortesía de Agrícola BelHer

Para empezar, háblenos de los jornaleros agrícolas a los que Agrícola BelHer contrata. ¿De dónde proceden?, ¿cuántos son?, ¿qué tiempo permanecen?

Durante la temporada pasada (2012–2013), la población total en nuestros albergues fue de 1.850 personas, de las cuales casi 1.100 eran trabajadores jornaleros, entre hombres y mujeres. Entre ellos, se encuentran parejas jóvenes con uno o dos hijos, mientras que otras familias son lo suficientemente numerosas como para ocupar dos viviendas contiguas en nuestros albergues, que integran un total de casi 500 viviendas.

Nuestra política de empresa establece una preferencia por contratar a jornaleros con familias, por la propia estabilidad que generan, tanto para la propia familia como para nosotros. No deseamos romper con el núcleo familiar, y deseamos que se sientan a gusto. Por este motivo los jornaleros y sus familias se van y vuelven cada año.

Nuestros grupos migrantes llegan desde varias partes de México, desplazándose entre 800 y 1.900 km, y en algunos casos permanecen hasta diez meses, aunque esto no ha sido siempre así. Cuando empecé a trabajar en BelHer, en 1990, normalmente los jornaleros llegaban en octubre y se marchaban en abril del año siguiente. El desarrollo tecnológico ha permitido expandir la temporada de cultivo, por lo que ahora pueden llegar en agosto y marcharse en junio. Esto es muy bueno para la continuidad de la educación de sus hijos, ya que en la mayoría de los casos les permite finalizar el año escolar.

 

Actividades de seguimiento de peso y talla por edad y sexo en los albergues de Agrícola BelHer. Foto • Cortesía de Agrícola BelHer

Actividades de seguimiento de peso y talla por edad y sexo en los albergues de Agrícola BelHer. Foto • Cortesía de Agrícola BelHer

¿Por lo tanto, los hijos de los jornaleros migrantes reciben una educación?

Por nuestra parte, el compromiso con que los niños puedan cursar preescolar, primaria, secundaria, preparatoria y profesional es del cien por cien. Trabajamos con una ONG que se preocupa de que los niños pequeños con problemas de desarrollo sean derivados, lo antes posible, al especialista correspondiente, ya sea el neurólogo, el ortopedista o el oftalmólogo, y cuyos gastos cubrimos nosotros. En ocasiones, también nos llegan familias con hijos adolescentes que no han recibido ningún tipo de educación. En estos casos, nos aseguramos de que se acogen a los programas de educación para adultos y en el nivel apropiado.

Debo señalar que al principio fue difícil. Los padres solían llevar a sus hijos al campo, y cuando contratamos a profesores particulares, los padres no lo valoraban mucho. Sin embargo, seguimos perseverando. En 1999, abrimos un jardín infantil, formalmente reconocido, en nuestro albergue. Y desde el año 2003 incorporamos a nuestros niños y niñas a educación primaria en las escuelas regulares.

En febrero del 2010, una de estas escuelas se ha convertido en la primera a tiempo completo para niños migrantes. Cabe destacar que en estos centros los hijos de nuestros jornaleros migrantes aprenden, además de su lengua materna, español e inglés, así como el uso de los ordenadores y a navegar por Internet. También realizan talleres de teatro, danza o música. Incluso tenemos ya a nuestros dos primeros graduados – ambos en Arquitectura – y a otros matriculados en Administración de Empresas, Trabajo Social o Enfermería, a punto de terminar la carrera.

 

Somos conscientes de que para los hijos de los jornaleros migrantes agrícolas es difícil acceder a servicios públicos, como la educación, cuando viven temporalmente alejados de sus hogares. ¿Representa esto un problema para ustedes?

Es un problema porque las escuelas necesitan tener una estimación de la cantidad de niños que deberá atender, y esto es muy difícil hacerlo con población migrante. No todos llegan o se van al mismo tiempo. Por ejemplo, ayer nos llegaron dos autobuses con jornaleros y sus familias. Hablé con las dos escuelas y ambas están llenas. ¿Cómo soluciono esto? Voy a habilitar unos salones que tenemos en el albergue para abrir un grupo y solicité a la Secretaría de Educación Pública y Cultura del Gobierno de Sinaloa que nos enviara a otro profesor. Pero esto es precisamente lo que he tratado de evitar. Muchas empresas prefieren tener las aulas en los albergues porque así se ahorran el transporte. Yo creo que es muy importante que los niños se socialicen con otros niños, más allá de su propio microuniverso, es decir, que interactúen con niños de otras culturas, de forma que puedan convivir y construir juntos el respeto mutuo mediante el trato. Es imprescindible que el niño salga del recinto del albergue en el que vive. Como los niños de los jornaleros migrantes proceden de distintas partes de México, la escuela representa una excelente plataforma para el intercambio cultural, que es beneficioso para todas las partes involucradas.

Tuvimos también otras dificultades, como por ejemplo conseguir que los niños migrantes dispusiesen de libros de texto de las escuelas formales, a pesar de los cambios en políticas públicas derivados del paso de diferentes directores generales, el coordinador, etc. O cuando las boletas (cartilla de evaluación) emitidas en una escuela no eran reconocidas en otra. A lo largo de tiempo, los esfuerzos conjuntos entre autoridades y empresas agrícolas han permitido superar esas dificultades.

 

En términos generales, ¿cómo son sus relaciones con la Administración pública y sus instituciones?

Es muy buena, en buena medida porque nuestro director general es una persona que apoya mucho a la comunidad, impulsando el deporte y las actividades culturales. Además, cuando se creó el albergue más reciente, hace tres años, trabajamos junto con el municipio para el abastecimiento de agua potable a las comunidades, cuyos gastos de infraestructura cubrió la empresa.

Utilizamos todas las oportunidades puestas por las instituciones públicas a disposición de las empresas agrícolas, en ocasiones junto con ONG. Por ejemplo, el suministro de un paquete alimenticio mensual a cada niño que asiste a la escuela, y desayunos y comidas calientes para los de la guardería. Por nuestra parte, entregamos un padrón, un seguimiento alimenticio y de asistencia. Por lo que respecta a la salud, los médicos que atienden los consultorios que se hallan en los albergues están pagados por el Instituto Mexicano del Seguro Social.

En este sentido hemos desarrollado la política de que las madres cuidadoras de las guarderías sean personas de sus mismas comunidades, a las que vamos capacitando aprovechando para ello todos los recursos que nos brindan las autoridades competentes. Entre los niños más pequeños, especialmente, es importante que no se produzcan choques culturales, ya que no es posible desarrollar un programa de estimulación temprana en español si el niño o la niña no entiende el idioma.

 

Usted empezó a trabajar con trabajadores migrantes agrícolas en 1990. En su opinión, ¿cómo han cambiado los retos a los que se enfrentan?

Trabajo en Agrícola BelHer desde 1990, pero en realidad fue en 1988 cuando, por mi graduación en Trabajo Social, estudié por primera vez las condiciones de vida de los trabajadores migrantes agrícolas. Por entonces, los niños solían estar en el surco junto a sus padres. Y los de mayor edad, de seis años en adelante, trabajaban en el trasplante de la hortaliza y en el corte, principalmente.

Los niños carecían de guarderías y sufrían desnutrición, lo que a esa edad los vuelve más vulnerables a cualquier enfermedad; de hecho, había algunos casos muy graves. También existía el problema de la discriminación – me refiero a unos cuatro años atrás; tuvimos que trabajar mucho para lograr la integración y el respeto por la multiculturalidad, en el caso de los grupos locales hacia los grupos migrantes. Promovemos actividades para que los trabajadores migrantes puedan conservar sus costumbres y tradiciones.

Las condiciones físicas de vida también eran mucho peores, con viviendas de láminas galvanizadas. Al igual que las condiciones de salud. Los niños menores de 5 años sufrían desnutrición, con las consecuentes enfermedades respiratorias y gastrointestinales que ello conlleva. De hecho, entre los niños, había algunos casos muy graves. Hemos trabajado mucho para revertir esta situación mediante la provisión de servicios de salud, el seguimiento de peso y talla por edad y sexo, y la provisión de un suplemento alimenticio que se les proporciona a las madres, a las que se les instruye sobre el modo de preparación de este. Nos aseguramos de que los niños tengan leche y fruta fresca.

Por entonces, el alcoholismo era un fenómeno que se daba tanto entre hombres como en mujeres. El tema del alcohol y las drogas puede ser un tema oculto, y esto tiene que ver con el hecho de que los albergues son de propiedad privada y por lo tanto la policía no puede acceder a ellos. Nosotros no creemos en la necesidad de contratar lo que se denomina “guardias blancas” para vigilancia. Nuestros albergues cuentan con la protección necesaria para sus habitantes, y la vigilancia la ejercen ellos mismos mediante normas de convivencia. Para hacer frente a los problemas de alcoholismo y drogadicción se llevan a cabo campañas y diálogos, y a lo largo de los años hemos observado que el problema se atenúa cuando los niños van a la escuela. Podría poner numerosos ejemplos de familias en las que el padre se drogaba y que en este momento, con el hijo en la preparatoria (bachillerato) o en la secundaria, ya no. Los niños han sido un ejemplo para los mayores.

 

¿Cómo cree que se puede eliminar el trabajo infantil?

La experiencia nos ha indicado que a las familias hay que apoyarlas en todos los aspectos. He constatado que no es real el mito de que los padres no querían que sus hijos fueran a la escuela. Sencillamente es que los padres buscan un ingreso adicional para cubrir sus necesidades básicas, como la alimentación. Si disponen de un salario digno y sus hijos tienen acceso a la educación – en un lugar seguro, con transporte y comida – los padres dejan de oponer resistencia alguna a que su hijo acuda a clase.

La edad mínima con la que contratamos es 16 años, y hay una serie de restricciones sobre el tipo de tareas que un trabajador puede hacer hasta los 18. Disponemos de un sistema de credenciales para controlar que esto sea así. Por ejemplo, los jóvenes entre 16 y 18 años llevan una credencial de color verde, y los que son estudiantes la llevan con una franja de color gris, la cual indica que trabajarán cuando no hay escuela.

En el año 2010 recibimos el distintivo de empresa libre de trabajo infantil, otorgado por la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Nosotros ya teníamos todo ese camino andado; lo único que tuvimos que hacer fueron los trámites y demostrar con evidencias lo que se requería.

 

El trabajo de la Fundación Bernard van Leer con respecto a los niños pequeños de los trabajadores migrantes se centra principalmente en la mejora de sus condiciones de vida. Díganos, por favor, cómo viven los niños pequeños en los albergues de la empresa.

Una de las políticas principales de la empresa es que esta no crezca una hectárea si no tiene posibilidades de garantizar a los jornaleros y a sus familias una vivienda digna y seguridad social, agua potable, gas, electricidad, saneamiento, consultorio médico y centros escolares y de juego.

Cuando las familias regresan a sus lugares de origen al final de temporada o se desplazan hacia el norte en busca de trabajo, cubrimos el coste de su transporte – siempre y cuando se comprometan a volver con nosotros el próximo ciclo agrícola – y mantenemos su vivienda para cuando regresen. Nadie abre su vivienda durante su ausencia porque es su casa. Esto les da una seguridad muy valiosa, sobre todo de cara a los niños.

También dedicamos muchos esfuerzos a proteger a los trabajadores y a sus hijos de las sustancias agroquímicas, aunque no trabajamos con productos agresivos. Cada año se realiza un análisis de sangre a los trabajadores especializados en agroquímicos para asegurar que sus niveles son correctos. Hemos generado conciencia sobre la importancia de vestir ropa adecuada para desarrollar el trabajo, de manera que cuando terminan su jornada la limpian en las lavadoras que tenemos para este fin. De este modo los trabajadores vuelven a su casa con su ropa limpia.

Por último, si bien no es menos importante, colaboramos con una ONG para trabajar la educación deportiva de nuestros niños y niñas. Participan en torneos con los equipos de otras empresas agrícolas, y proporcionamos autobuses para que los papás y las mamás vayan a apoyarlos. Me siento muy orgullosa de poder decirte que somos campeones y campeonas de fútbol, y que contamos con la máxima goleadora de la temporada pasada entre nuestras filas.

 

Nota

1 Para más información sobre la empresa agrícola BelHer, consultar el sitio www.agricolabelher.com.